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22/5/10

“Existimos para evangelizar”

Ofrecemos a continuación el discurso pronunciado por el Papa Benedicto XVI, al recibir en audiencia a los miembros del Consejo Superior de las Obras Misioneras Pontificias, que se ha celebrado esta semana en Roma.

Señor cardenal,
venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas

¡Sed bienvenidos! Dirijo mi cordial saludo al cardenal Ivan Dias, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, a quien agradezco por sus cordiales palabras, al secretario, monseñor Robert Sarah, al secretario adjunto monseñor Piergiuseppe Vacchelli, presidente de las Obras Misioneras Pontificias, a todos los colaboradores del Dicasterio, y de modo particular a los directores nacionales de las Obras Misioneras Pontificias, llegados a Roma desde todas las Iglesias para la Asamblea Ordinaria anual del Consejo Superior.
Estoy particularmente agradecido a esta Congregación, a la que el Concilio Ecuménico Vaticano II, en línea con el acto constitutivo con el que fue fundada en 1622, confirmó su tarea de “regular y coordinar, en todo el mundo, tanto la obra misionera como la cooperación misionera" (Decr. Ad gentes, 29). Es una misión inmensa, la de la evangelización, especialmente en este nuestro tiempo, en que la humanidad sufre de una cierta falta de pensamiento reflexivo y sapiencial (cfr Caritas in veritate, 19. 31) y se difunde un humanismo que excluye a Dios (cfr ibid. 78). Por esto es aún más urgente y necesario iluminar los nuevos problemas que surgen con la luz del Evangelio que no cambia. Estamos convencidos, de hecho, de que el Señor Jesucristo, testigo fiel del amor del Padre, “con su muerte y su resurrección, es la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de toda persona humana y de la humanidad entera” (ibid. 1). Al inicio de mi ministerio como Sucesor del Apóstol Pedro afirmé con fuerza: “nosotros existimos para mostrar a Dios a los hombres. Y sólo allí donde se ve a Dios, comienza verdaderamente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos qué es la vida… No existe nada más bello que ser alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. No hay nada más bello que conocerle y comunicar a los demás la amistad con Él (Homilía al comienzo del ministerio petrino, 24 de abril de 2005). La predicación del Evangelio es un inestimable servicio que la Iglesia puede ofrecer a la humanidad entera que camina en la historia. Procedentes de las diócesis de todo el mundo, vosotros sois un signo elocuente y vivo de la catolicidad de la Iglesia, que se concreta en la respiración universal de la misión apostólica, “hasta los últimos confines de la tierra" (Hch 1,8), "hasta el fin del mundo" (Mt 28,20), para que ningún pueblo o ambiente sea privado de la luz y de la gracia de Cristo. Este es el sentido, la trayectoria histórica, la misión y la esperanza de la Iglesia.
La misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes es juicio crítico sobre las transformaciones planetarias que están cambiando sustancialmente la cultura de la humanidad. La Iglesia, presente y operante en las fronteras geográficas y antropológicas, es portadora de un mensaje que penetra en la historia, donde proclama los valores inalienables de la persona, con el anuncio y el testimonio del plan salvífico de Dios, hecho visible y operante en Cristo. La predicación del Evangelio es la llamada a la libertad de los hijos de Dios, también para la construcción de una sociedad más justa y solidaria para prepararnos a la vida eterna. Quien participa en la misión de Cristo debe inevitablemente afrontar tribulaciones, rechazos y sufrimientos, porque se enfrenta con las resistencias y los poderes de este mundo. Y nosotros, como el apóstol Pablo, no tenemos otras armas que la palabra de Cristo y de su Cruz (cfr 1 Cor 1,22-25). La misión ad gentes reclama a la Iglesia y a los misioneros que acepten las consecuencias de su ministerio: la pobreza evangélica, que les confiere la libertad de predicar el Evangelio con valor y franqueza; la no violencia, por la que responden al mal con el bien (cfr Mt 5,38-42; Rm 12,17-21); la disponibilidad a dar la propia vida por el nombre de Cristo y por amor a los hombres.
Como el apóstol Pablo demostraba la autenticidad de su apostolado con las persecuciones, las heridas y los tormentos sufridos (cfr 2 Cor 6-7), así a persecución es prueba también e la autenticidad de nuestra misión apostólica. Pero es importante recordar que el Evangelio “toa cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos y se expande en la historia solo en el poder del Espíritu Santo" (Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, 64) y la Iglesia y los misioneros han sido hechos idóneos por Él para cumplir la misión a ellos confiada (cfr ibid. 25). Es el Espíritu Santo (cfr 1 Cor 14) el que une y preserva a la Iglesia, dándole la fuerza de expandirse, colmando a los discípulos de Cristo con una riqueza desbordante de carismas. Es del Espíritu Santo de donde la Iglesia recibe la autoridad del anuncio y del ministerio apostólico. Por ello deseo reafirmar con fuerza lo que ya he dicho a propósito del desarrollo (cfr Caritas in veritate, 79), es decir, que la evangelización necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en el gesto de la oración, cristianos movidos por la conciencia de que la conversión del mundo a Cristo no la producimos nosotros, sino que nos es dada. La celebración del Año Sacerdotal, en verdad, nos ha ayudado a tomar mayor conciencia de que la obra misionera requiere una unión cada vez más profunda con Aquel que es el Enviado de Dios Padre para la salvación de todos; requiere compartir ese “nuevo estilo de vida” que ha sido inaugurado por el Señor Jesús y que ha sido hecho propio por los Apóstoles (cfr Discurso a los participantes en la Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009).
Queridos amigos, de nuevo mi agradecimiento para todos vosotros de las Obras Misioneras Pontificias, que de diversos modos estáis comprometidos en tener alta la conciencia misionera de las Iglesias particulares, empujándolas a una participación más activa en la missio ad gentes, con la formación y el envío de misioneros y misioneras y la ayuda solidaria a las Iglesias jóvenes. Un vivo agradecimiento también por la acogida y la formación de presbíteros, de religiosas, de seminaristas y de laicos en los Colegios Pontificios de la Congregación. Mientras confío vuestro servicio eclesial a la protección de María Santísima, Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles, de corazón os bendigo a todos.

Zenit

3/10/09

La Misión como signo de amor

Por Neto Vargas

El decreto Ad Gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, señala que "la Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre". Por ende, la Misión es fruto del designio de Dios Padre. Para cumplir este propósito universal de salvar la humanidad, Dios toma la iniciativa de entrar en la historia humana enviando a su propio Hijo en carne nuestra y nació de María, nuestra Madre.
Jesús fue enviado al mundo como verdadero mediador entre Dios y los hombres, pero no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos, es decir, de todos. De esta manera, Jesús empezó su misión en Nazaret retomando las palabras del profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ungió. Me envió a evangelizar a los pobres, a predicar a los cautivos la libertad y la recuperación de la vista de los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor" (Lc. 4,18-19).
Una vez terminada su misión en la tierra, Jesús volvió a la casa del Padre después de su resurrección. Para que la misión continúe en la tierra, Cristo prometió de enviar al Espíritu Santo. Por eso, el día de Pentecostés descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos. Con esta fuerza recibida, los discípulos comenzaron a predicar y difundir el Evangelio por todo los lugares, puesto que Jesús les dijo a sus discípulos en Galilea: Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos... y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20), .
De este mandato del Señor proviene el deber de la Iglesia de propagar la fe y la salvación de Cristo. La misión, pues, de la Iglesia se cumple por la operación con la que, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los hombres o pueblos, para llevarlos, con el ejemplo de su vida y la predicación, con los sacramentos y los demás medios de gracia, a la fe, la libertad y la paz de Cristo, de suerte que se les descubra el camino libre y seguro para participar plenamente en el misterio de Cristo.
Hoy, todos tenemos el deber de anunciar a Jesucristo, el Misionero del Padre, con nuestra vida, testimonio, hechos y palabras. Esta tarea del anuncio de la Buena Nueva, no podemos dejar solo a los misioneros, misioneras o laicos comprometidos, sino, como bautizados, estamos llamados a colaborar, para que todo el mundo conozca a Dios Padre, que envió a su Hijo por nuestra salvación.


 

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